Tic tac, tic tac, tic tac…

Jueves, 28 de enero

Sólo me quedan tres días en Bombay, así que he hecho una lista con las cosas que me gustaría ver antes de marcharme. En realidad, para organizarme por mi cuenta, sólo tengo dos días (jueves y viernes), ya que el plan del sábado lo ha decidido Balaraj. Lo primero de mi lista ya lo hice ayer: visitar la isla Elephanta. Me quedan como pendientes más importantes el templo de Mumba Devi (la diosa hindú patrona de Bombay y a quien la ciudad debe su nuevo nombre Mumbai) y el museo de Mahatma Gandhi. Ashita quiere acompañarme a ambos lugares: al templo porque es muy devota y porque Mumba Devi está en un barrio muy concurrido que le parece peligroso para mí; y al museo porque no lo conoce.  Ashita está ocupada por la mañana, así que, aprovecharé para terminar mis compras antes de la comida.

Bombay me ha regalado hoy un día especialmente soleado y luminoso. He admirado el panorama desde mi ventana una vez más.

Hoy toca yoga, el profesor ha llegado con un poco de retraso, pero no nos importa. La clase de hoy ha sido más gratificante para mí, y he conseguido relajarme mejor que la semana pasada y disfrutar de gran serenidad interior. ¡Qué alegría! Lástima que la de hoy, será mi última clase de yoga en Bombay.

He salido con Balaraj hacia su oficina, ya que las dos tiendas que más me gustan están en ese mismo barrio: Fabindia (donde además está mi querido coffeshop) y Bombay Store.

He llegado a Fabindia cuando abrían y he coincidido en la puerta con el camarero que me atendió ayer. Un chico muy atento y que parecía muy tímido. ¡Pues no! Me ha reconocido enseguida (a pesar que voy vestida y peinada muy distinta) y me ha preguntado si tuve suerte. ¿Suerte? No entendía esa pregunta… Entonces el camarero me ha aclarado, que se refería a si había encontrado la samosa que me apetecía. ¡Vaya! ¡No sólo se acordaba de mí, sino que también que tengo capricho de una samosa! Pero en realidad, lo que quería yo hoy era un buen café con leche. Además me he tomado un zumo tropical con yogurt. ¡Ay! ¡Qué requetebuenísimo estaba todo!

Cuando he salido, el camarero va y me dice, que a ver si nos veíamos mañana. ¡Pero por la noche! He sonreído y me he marchado sin contestar.

Para volver a casa y encontrarme con Ashita… ¡he cogido un taxi! (tal y como me decía que debía hacer el agente 007…! Pues el taxista ha sido el menos amable de todas las personas con las que me he encontrado en Bombay. Y eso que me tenía que llevar a la otra punta de la ciudad: una buena carrera.

Por la tarde, hemos salido hacia el templo de Mumba Devi, pero antes, Ashita y yo hemos recogido a Asha (la escritora de libros de cocina vegetariana), porque ella también es muy devota y además, conoce la zona. Creo que no había mencionado antes que Asha y Ashita, además de buenas amigas, son cuñadas, por eso la vemos tanto.

Ashita tenía razón, el barrio en el que está el templo de Mumba Devi es HORRIBLE. Es el otro Bombay que yo todavía no había visto: cochambroso, lleno de gente por todas partes, destartalado, agobiante… y no sé cuántas palabras más podría utilizar.

El templo, igual. Lleno de gente horrible y sucia (pero muy devota supongo), y encima… ¡nos hemos tenido que quitar los zapatos! Me ha dado mucho asco andar por ese suelo… Y encima no había donde lavarse después.

El templo de Mumba Devi, sólo se detecta desde lejos, cuando por encima de los cochambrosos tejados de alrededor, se vislumbra su torre principal, a través de los cables que cuelgan en este barrio por todas partes.

Resulta que una vez dentro del templo, lo primero que hay son una docena de tiendas en las que los devotos pueden comprar sus ofrendas: flores frescas, fruta fresca, frutos secos, pequeños pañuelos y una especie de caramelitos de anís. Aquí huele fatal. Es un olor como de comida en mal estado. Asha y Ashita han comprado sus ofrendas y hemos ido a entregarlas a Mumba Devi. Ha sido cuestión de unos segundos, lo que ha tardado un monje barbudo que allí estaba en coger lo que ellas le entregaban y dejarlo a los pies de la diosa. Luego, ellas se han inclinado y han estado unos pocos segundos como rezando. Pero de pié. Allí no hay un espacio para sentarse o para arrodillarse. Además, el ambiente –tan concurrido y ruidoso- no invita al recogimiento. Finalmente, hemos dado una vuelta (por detrás) a la especie de habitación en la que está Mumba Devi, que supongo es parte del rito.

Nos hemos puesto las sandalias de nuevo, y hemos salido del templo.

En este barrio, entre otras peculiaridades, en lugar de tiendas normales en las calles, como son tan estrechas, pues los comerciantes ocupan los capós de los coches aparcados para montar sus escaparates. Asha y Ashita han aprovechado la ocasión para comprar unas verduras y yo, he adquirido unos sobres muy bonitos y unos pendientes que me había encargado mi madre.

También la fragancia que quería Francisco Goya. Si, si, te la doy en cuanto llegue. Je, je.

He visto unos vendedores de comida callejeros, y le he preguntado a Asha, que todo lo sabe, si por ahí había algún sitio donde comer una samosa. No sólo era por capricho, es que no había comido y tenía hambre. Pues samosa, por más que hemos buscado, no. Sin embargo, Asha me ha comprado unas bolitas de patata con un relleno SUPER PICANTE y luego, una especie de bocadillo, más picante todavía. El que se ve en la foto.

Yo no quería comérmelo, pero me parecía feo tirarlo sin probarlo. Me ha sentado fatal, picaba un montón, y además, por ahí no había donde comprar agua. Espero que no me cause ningún problema intestinal, porque hasta ahora, no he tenido ninguno.

Finalmente, ha llegado el coche y hemos vuelto a casa. Gracias a Dios que Ashita siempre tiene en el coche una botella de agua, porque he podido quitarme un poco el quemazón del picante… ¡Uf!

Por la noche, hemos tenido invitados. Es un compañero de colegio de Balaraj, del que hace muchísimos años no se sabía nada, pero que está pasando unos días en Bombay con su mujer y ha aparecido de nuevo. Son de Katmandú. (Yo pensaba que ese país sólo existía en las películas… je, je). Ha sido una cena bastante pesada, porque el señor de Katmandú es de esos que acapara la conversación, y además, hace bromitas semi-pesadas y preguntas sin sentido de las que sólo él se ríe…

Sin embargo, su mujer, ha resultado algo más interesante. Es la presidenta de la asociación de mujeres emprendedoras de Nepal y tiene su propio negocio de papel. Nos ha contado que lo último en papeles es mezclarlo con distintas fibras textiles para hacer una especie de tejidos, que hasta se pueden lavar y todo. Su principal cliente europeo es Holanda.

Como yo me dormía por momentos y Ashita se ha dado cuenta, me ha disculpado y me ha dicho que si estaba cansada, que me podía ir a la cama. ¡Menos mal! No lo he dudado ni medio segundo, he dado las buenas noches a todos y me he desaparecido por el foro.

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2 comentarios

  1. GOYA said,

    2010/01/30 a 13:07

    No he podido seguir tu atractivo viaje porque he estado ausentado en una feria profesional, echaba de menos tu diario…
    Lo he devorado de un tirón, que gustazo de lugares, relaciones, paisajes, experiencias, sobre todo ” comidas ” !!! que contrastes, sabores, olores estarás disfrutando… eso de tus clases de cocina se ha quedado en la retina de mi ojo o más bien en un potencial a evaluar…
    Celebro con mucha ilusión lo de la fragancia, nadie hasta ahora la había conseguido, su flor es tan exigua que no se puede sintetizar para hacer perfume…
    Estoy al dia y con una envidia muy sana ! sigue disfrutando esos dos dias , CARPE DIEM !

    • mimiglamur said,

      2010/01/30 a 15:24

      En menos de seis horas, cojo el avión de vuelta. ¡Ay qué pena!
      El domingo, ya estaré de nuevo en Barcelona…


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