Tres. Soy afortunada.

Martes, 12 de enero

Sólo tres días y…

Hoy me siento especialmente afortunada y feliz. Acabo de recibir noticias de mi anfitrión en Bombay, Balaraj Thakur. Me ha escrito un e-mail para ponerme al tanto de los preparativos que ha hecho con motivo de mi llegada a Bombay.

Llego con British Airways poco después de la medianoche del viernes. La verdad es que hubiera preferido otro vuelo que llegara a una hora menos intempestiva… pero desde Europa, imposible.  Balaraj ha dispuesto que un coche esté esperándome a la salida de la zona restringida del aeropuerto para llevarme a casa. Su chófer, Abdul, me esperará portando un cartelito donde estará escrito mi nombre y el número de mi vuelo, así podré identificarle. Abdul vestirá camisa blanca y pantalón negro. Dispongo también del modelo, color y matrícula de los dos vehículos que podrían estar esperándome. Y por si -a pesar de todo- no le encuentro, Balaraj Thakur me ha facilitado el número del teléfono móvil del chófer para que pueda localizarlo… ¡Cuántos detalles! ¡Cuánta amabilidad! ¡Estoy impresionada!

Y esto no es todo. Balaraj también me dice en su mensaje que me facilitará una tarjeta SIM para mi teléfono móvil, para que pueda utilizarla mientras esté en Bombay. ¡Esto ya no es organización! ¡Esto es tratarme como a una princesa! Me siento muy agradecida y muy afortunada… ¡No sé cómo podré corresponder a tanta generosidad! ¡Ya estoy deseando estar allí!

Y también ha sucedido hoy algo más por lo que me siento muy afortunada. He comido con una de mis mejores amigas, Montserrat Roca. Nos conocimos en el colegio, y se da la coincidencia, de que nacimos el mismo día, con tan sólo 2 horas de diferencia.

No nos hemos visto, ni llamado, ni cruzado ningún e-mail durante los tres últimos meses. La razón es que ambas hemos atravesado una época muy oscura, cada una por distintas razones. Y aunque las dos hemos reconocido que habíamos pensado en la otra, no hemos dado señales de vida. Es que no nos gusta “ir de víctimas por la vida”.

Supongo que la misma cara de sorpresa y dolor que he visto yo en Montserrat cuando le contaba lo que me había pasado estos meses, es la que ella ha visto luego en mí cuando me hablaba de su particular viacrucis.

Y cuando he llegado a la oficina, he encontrado un e-mail suyo, titulado “Feliz reencuentro” que decía:

“Nuestro reencuentro me ha hecho recordar qué consolidada está nuestra amistad, pueden pasar semanas y meses sin que nos veamos, pero ahí está y eso ¡no hay quien lo mueva! Cuenta conmigo siempre, yo lo hago, aunque no te llame, estás presente.”

Si, hoy me siento especialmente afortunada. Y agradecida. Pero es que tengo muchas razones para ello.

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