Relax en Alibaug

Sábado, 23 de enero

Alibaug es el pueblecito costero al que pertenece la casa donde estamos pasando el fin de semana. Es un lugar en el que se respiran serenidad y tranquilidad. Por el día, sólo se escucha el sonido de los pájaros, y por la noche, el de los insectos y otros animales nocturnos. El clima es excelente: seco (me refiero a que no llueve, pero hay bastante humedad) y caluroso. Me recuerda al del mes de julio en mi querida costa mediterránea.

Tras iniciar el día con el consabido té con galletas, hemos ido a dar un corto paseo por los alrededores. Hemos encontrado una estructura de hierro y cemento, que me ha llamado la atención de inmediato. Pero antes de que me diera tiempo a preguntar, he sido yo la que ha recibido la pregunta de Balaraj: “¿Sabes qué es eso?”. Cuando he contestado que no, me ha dicho con cara de circunstancias que es donde “queman los cuerpos”. Vaya, que es el lugar en donde los que pertenecen a la religión hindú llevan a cabo los rituales relacionados con la muerte y la cremación. Ashita ya me había hablado del tema en otro momento, y por eso sé que, a menos que el fallecido no tenga familiares varones directos, las mujeres no asisten a la cremación.

De vuelta a casa, un bañito. Y nos han servido la fruta que siempre tomamos a media mañana en la piscina. ¡Qué placer!

Hoy hemos tenido muchas visitas, la más destacable la de Sunny. Es el amigo que vino a cenar el jueves de la paella, pero esta vez ha venido solo y he podido estar hablando un buen rato con él. Resulta que es el responsable de marketing de una importante empresa de TI (Tecnologías de la Información). ¡Anda! ¡Como yo no hace ni cinco  años! La multinacional tiene una plantilla de más de 120.000 personas y es una de las compañías más importantes de la India. Ofrecen servicios informáticos a grandes corporaciones, en su mayoría bancos, aseguradoras, operadoras de telecomunicaciones y similares. Y eso no es todo, resulta que es el biznieto de uno de los personajes que vimos fotografiados en la exposición del Albert Khan, el Marajá de Khapurthala. Casualidades de la vida…

Desde que estamos en Alibaug, dormimos la siesta. Tras la de hoy, hemos ido a conocer otra playa de la zona. Otro maravilloso atardecer y otra noche de relax en el “Thakur Resort”.

That’s all.

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La India es así

Domingo, 24 de enero

Hoy es domingo. Nos hemos levantado pronto porque tenemos un largo viaje por delante. Nos vamos a las montañas de Mahabaleshwar que están a unas 3 horas de camino de Alibaug, en dirección hacia el interior.

Al saber la duración del viaje, le he preguntado algo preocupada a Balaraj si íbamos a circular todo el tiempo por carreteras como las de Alibaug… “¡No!”- me ha contestado-  “Vamos a ir por carreteras principales y son muy buenas.” ¡Ah! ¡Qué alivio!, he pensado yo.

Así que hemos hecho el equipaje, lo hemos cargado en el coche y nos hemos puesto en ruta a las ocho y media. Balaraj iba al volante. Tras una media hora en la que he tenido el corazón en un puño, he decidido dejar de mirar hacia delante y concentrarme únicamente en lo que se veía a través de mi ventanilla del asiento de atrás. Y es que la conducción por las carreteras de la India (siempre y cuando uno no se vea atrapado en un atasco) es una verdadera carrera de obstáculos en la que hay que sortear a todo tipo de vehículos en un frenético zigzag que se vuelve especialmente peligroso debido a los que también circulan y adelantan, pero en sentido contrario. Un verdadero sin vivir.

Voy a intentar describir los distintos vehículos y usuarios de las carreteras en la India por orden de velocidad punta estimada….

En primer lugar estarían las personas que van a pie. En su mayoría cargando pesados fardos o una especie de cántaros metálicos en la cabeza. Aunque andan bastante cerca del límite de la carretera, hay que sortearlos con cuidado.

Luego les siguen los carros tirados por bueyes. Estos animales son muy tranquilos y se mueven despacio. Sólo en dos ocasiones he visto los carros con los bueyes al trote. Al galope, nunca. Y cuando van al paso, van bastante despacio (aunque algo más rápido que las personas, claro).

Lo siguiente son las bicicletas. Hay muchas, a veces, adelantando a personas y carros. La mayoría de ellas, llevan pasajero, aunque no tienen un asiento ni estribos apropiados para ello. Lo más peligroso de las bicicletas es que ninguna tiene luz, con lo que por la noche, prácticamente son invisibles hasta que las tienes encima.

Los que siguen en velocidad, son los rickshaws: una especie de vehículos de tres ruedas motorizados. En su mayoría dedicados al transporte público. Taxis, vamos.

Se parecen mucho a los “huevo-carros” que había hace bastantes años en España.

Hay muchísimos de estos vehículos por todas partes, tanto en las ciudades como en las carreteras.

Motos. Es lo que seguiría ahora. Hay muchísimas.

Aquí los motoristas no utilizan casco y muchas veces en una moto van montadas tres y cuatro personas, a veces niños pequeños. En su mayoría son motos medianas (creo que de unos 125 ó 250cc) y la marca que más he visto es Honda Hero. También hay vespas. No hay scooters.

Me ha llamado especialmente la atención la prudencia en el estilo de conducción de los motoristas. No hacen maniobras arriesgadas ni “compiten” con otros vehículos como pasa en España. Supongo que los que se comporten de otra manera no sobreviven y por eso no se ven…

Los camiones y autobuses, son bastante grandes (sobre todo bastante anchos) y van a una velocidad similar. Pero muchas veces, se adelantan entre ellos. Esta maniobra, debido a la velocidad similar que desarrollan, se demora bastante tiempo, con lo que resulta especialmente peligrosa. Los conductores de camiones y autobuses cometen muchas imprudencias, a mi entender.

Y finalmente, tenemos los coches. Los hay mejores y peores, pero son los vehículos más rápidos.

Al igual que en las ciudades, el claxón es ampliamente utilizado para avisar al resto de vehículos, sobre todo cuándo se les va a adelantar. Los que vienen en sentido contrario, utilizan las luces para avisar de su presencia, o para llamar la atención cuando creen que el que viene en sentido contrario no va a tener tiempo suficiente como para terminar la maniobra de adelantamiento.

A nosotros, no nos ha adelantado nadie en todo el camino; en cambio, calculo que hemos hecho un adelantamiento por minuto. Un verdadero horror.

Por otra parte, aquí las carreteras son muy singulares. Cuando Balaraj me dijo que íbamos a circular por carreteras “muy buenas” me imaginaba yo autovías o algo así… ¡Qué va! Aquí, una carretera buena, lo es porque, además de estar razonablemente bien asfaltada, es algo más ancha que las “carreteras malas”, y, sobre todo, tiene pintada la raya en medio que delimita los dos carriles por los que se circula en sentido contrario.  En la India, como en Inglaterra, se circula por la izquierda. Eso si, esa raya, siempre es discontinua; es decir, es sólo una línea de separación, no indica si se puede o no adelantar… En algunos tramos, incluso también están pintadas las rayas de los lados, pero en nuestro camino hasta Mahabaleshwar, sólo tuvimos esa fortuna un 25% del tiempo, diría yo…

Además de la vorágine de adelantamientos, lo que más me ha sorprendido es que hemos pasado por ¡¡¡DOS PEAJES!!!. Si, si, ¡hemos tenido que pagar por circular por semejantes carreteras…!

A pesar de todo, tengo que decir que no he visto ningún accidente. Lo cual me sorprende muy positivamente.

Efectivamente, al cabo de unas tres horas, llegamos a la casa que los Thakur tienen aquí. Es una casa que el bisabuelo de Balaraj adquirió en 1897 a una dama inglesa. Es una casa preciosa, que conserva todo el encanto de la época victoriana. Uno aquí, se imagina perfectamente cómo debía ser la vida entonces. Todo se ha conservado: el mobiliario, la decoración, el estilo del jardín… Es una verdadera delicia esta casa.

Además, como este lugar se encuentra a 1.375m de altitud, la temperatura es muy fresca. Ahora que es invierno, incluso hace frío. Yo llevo zapatos, calcetines y dos jerseys encima de mi camiseta de algodón… ¡y tengo frío! La temperatura cuando se pone el sol, es de unos 13ºC. Esta es la razón por la que Mahabaleshwar era utilizado ya desde la época de los ingleses como lugar de residencia de verano: el calor en Bombay en el periodo estival es insoportable, según me dicen los Thakur. Así que, Balaraj, tanto de niño como ahora, pasaba la mayor parte del tiempo de los meses de verano en esta casa.

Hemos comido de forma muy informal y por la tarde, hemos decidido ir a dar un paseo. En la casa están también -pasando el fin de semana- los novios a cuya fiesta de compromiso asistí cuando aún no se habían cumplido 24 horas de mi llegada a Bombay. Absú y Mítica. A pesar que los Thakur decían que iba a haber mucha gente, Absú estaba empeñado en dar el paseo hasta un lugar llamado “El mirador de Bombay” (en inglés Bombay Point). Tanto Balaraj como Ashita insitían en que habría mucha gente, pero nada, hemos decidido ir allí. Yo estaba por la moción, porque en la guía que tengo de la zona, pone que es una de las vistas más bonitas y uno de los puntos más valorados.

Así que hemos empezado a caminar por un camino forestal precioso llamado “Tiger Path”, o sea, “El camino del Tigre”. Es que hace cien años, en esta zona había tigres, leopardos, panteras, chacales y otros animales salvajes. Ahora sólo quedan monos. Pero hay muchos y causan bastantes destrozos. Pues, el paseo por el “Tiger Path” ha sido muy bonito, y los Thakur han insistido en desviarnos un poco antes de dirigirnos al Mirador de Bombay, para observar la puesta de sol en otro mirador, llamado “Karnak Point”.

¡Pues menos mal! Desde el mirador de Karnak hemos visto una preciosa puesta de sol sobre las montañas, porque lo que es el “Bombay Point” ¡no hemos podido ver nada! ¡Estaba atiborrado de gente! Pero tanta gente, que no podíamos ni llegar a la barandilla del mirador, ni por supuesto contemplar ninguna puesta de sol sobre las montañas.

Yo, si no lo veo, no lo creo. Esto sólo puede pasar en la India. Deberíamos haber hecho caso a la voz de la experiencia…

Y no sólo había gente, había caballos, vendedores ambulantes, coches, autobuses… Resulta que esta zona se ha convertido en un atractivo lugar turístico para la emergente clase media india, sobre todo para los que habitan en Bombay y en la provincia de Gujarat. Salir de allí, ha sido una odisea, porque no podíamos volver por el camino forestal al haberse hecho de noche y hemos tenido que atravesar el enorme atasco que se ha formado.

Al volver a casa hacía mucho frío. Así que Absú ha organizado una hoguera en medio del jardín. Hemos estado fenomenal alrededor del fuego, bebiendo un vino tinto exquisito de la variedad Cabernet Sauvignon, que es mi preferida, y teniendo una interesantísima conversación sobre la vida y el equilibrio entre sus distintas facetas, sobre los proyectos e intereses de cada uno y sobre las bondades del compromiso.

Un día movidito en Mahalabeshwar

Lunes, 25 de enero – Cumpleaños de Francisco de Goya

Aunque queríamos levantarnos pronto para ir a ver el amanecer desde el punto más alto de Mahalabeshwar, el exceso de vino de ayer y lo tarde que terminó la velada, han hecho imposible el madrugón. La verdad es que yo he dormido como una princesa en mi cama con dosel de hace 150 años.

Tras el té y las galletas, Balaraj, Ashita y yo nos hemos ido a un nuevo mirador. En este caso el de Kate, es decir “Kate’s point”. A mí me ha parecido muy bonito, pero los Thakur estaban indignados. Es que, debido a que la economía de la India crece a un ritmo muy rápido, está emergiendo una numerosa clase media, que empieza a demandar más ocio. Entre otros, turismo. Así que en Mahalabeshwar proliferan los chiringuitos, los barcos de alquiler en el lago, toda clase de juegos y pasatiempos: por ejemplo los circuitos para miniquads, los campos de Paint Ball, los caballos y… ¡hasta los camellos!

Pero sobre todo, están muy molestos con la gente incívica que tiene más dinero pero no tanta educación y que ensucian los lugares más bellos con bolsas, papeles y botellas y que por su mal comportamiento impiden que otros disfruten de la belleza de algunos lugares.

Algo que disgusta especialmente a Ashita es que los hombres escupan por todas partes: la verdad es que es una costumbre muy extendida en la India y da un poco de asco. Los hombres mascan una especie de tabaco, que produce mucha saliva y una sustancia rojiza, así que, van escupiendo por doquier. Es asqueroso. Yo estoy de acuerdo con los Thakur, los indios deberían tener un poco más de educación y comportarse de manera más cívica, pero me alegra mucho comprobar que en la India está creciendo la clase media. Eso significa, que la población está iniciando una evolución hacia el desarrollo. Que la sociedad prospera, que la pobreza es cada vez un poco menor. Y desde mi punto de vista, esta es una buena noticia. Lo de la suciedad y la falta de civismo, no se arreglará de un día para otro, pero puede mejorar mucho con una buena política educativa y con campañas de concienciación, ¿no?

Tras el paseo por el mirador de Kate, hemos ido al bazaar, o sea, al mercado del pueblo. Aquí, además de artesanía y productos típicos, hay miel, fresas, frambuesas y todo tipo de frutas del bosque con sus correspondientes mermeladas. He comprado un par de sandalias, una colcha y el sari naranja para Bella Todoterreno.

Luego hemos salido a comer los cinco: Balaraj y Ashita, Absú y Mítica y yo. Hemos ido al club deportivo en el que Balaraj Thakur pasaba el tiempo cuando era pequeño. Había mesas de billar americano, mesas de ping pong, pistas de tenis, mesas de juego (damas, ajedrez, …) No era nada elegante, sino todo lo contrario, un tanto viejo y cochambroso pero nos lo hemos pasado muy bien y la comida ha sido deliciosa. Eso si.

Por la tarde Ashita y yo teníamos hora en el un moderno spa que han abierto en a las afueras del pueblo para un masaje ayurvédico. Yo nunca había recibido un masaje así. ¡Qué pasada! La sesión ha sido de una hora y cuarenta y cinco minutos que se me han pasado volando. En la cabina de masaje: dos masajistas, la camilla y yo. Música india relajante de fondo y un ligero aroma a hierbas procedente de los aceites que se estaban calentando en un rincón. Creo que no ha quedado un milímetro de mi cuerpo sin masajear y sin untar con ese aceite aromático. Primero, aún sentada, el cuero cabelludo. Enterito. Luego el cuello. Cuando me he tumbado en la camilla, primero boca arriba, le ha tocado el turno a mi cara. Ha sido la única zona en la que en lugar de aceite caliente, han usado crema hidratante. Menos mal, sino, ¡me saldrían muchos granos al día siguiente! Tras terminar con el masaje facial, han empezado a trabajar las dos masajistas al mismo tiempo. ¡Increíble! Su sincronización era tal, que de tanto en cuanto yo abría los ojos para asegurarme que seguían siendo las dos las que presionaban –exactamente con la misma intensidad- y las que deslizaban sus manos arriba y abajo –exactamente al mismo ritmo- por mis brazos, piernas…

Por lo que me han explicado, el masaje ayurvédico se diferencia de un masaje normal en dos cosas. La primera en la presión que ejercen los masajistas, en el masaje ayurvédico es algo mayor. Por eso, sobre todo al principio de la sesión, las chicas me preguntaban constantemente si la presión que hacían estaba bien para mí. ¡Si, si! Me gustan mucho los masajes intensos… La segunda diferencia está en la aplicación de las hierbas medicinales que dan su aroma al aceite caliente que se utiliza para facilitar el masaje. Y para administrar estas hierbas aún mejor, la segunda parte del masaje ha consistido en pequeños golpecitos con una especie de campana maciza (de unos 10cm de base) recubierta con una toalla. Mientras una de las masajistas se dedica a recorrer el cuerpo con la campana, la otra vuelve a calentar la campana recién utilizada, con lo que siempre se utiliza una campana caliente y bien impregnada en el aceite de las hierbas medicinales que caracterizan el Ayurveda. Tras la hora y cuarenta y cinco minutos de masaje, diez minutos de sauna extra vaporosa para abrir bien los poros. Luego una ducha. ¡Qué placer!

El masaje me ha dejado como nueva y llena de energía. Felices y relajadas, hemos vuelto a casa y tras recoger a Balaraj, hemos salido hacia el único mirador que nos quedaba por ver, el que se llama “Wilson Point”.

La particularidad de este lugar es que es el más alto de la zona y se encuentra en la cima de una montaña. Hace unos cien años, este mirador era un campo de prisioneros chinos. Todavía quedan las bases de cemento de lo que eran sus barracones. Y me ha contado Ashita que no había vallas ni muros para impedir la huída de los chinos, porque había por aquel entonces tantos animales salvajes en la zona, que al intentar descender de la montaña para escapar, los pobres chinos eran devorados sin posibilidad alguna de defenderse. Así que, no se escapaban. Estos chinos eran obligados a construir muebles, los que hay en el porche de la casa de los Thakur, proceden de esta singular artesanía… Hemos disfrutado de una puesta de sol impresionante, porque una de las particularidades del “Mirador de Wilson” es que se ve como se pone el sol por una parte y como aparece la luna por la otra. Es algo diferente y muy especial.

Esta noche, cenamos en casa, pero primero, hemos vuelto a hacer una hoguera en el jardín y a colocar a su alrededor, sillas, mesas, lámparas y el equipo de música. Aquí hay mucha costumbre de beber alcohol antes de la cena. Balaraj con su whisky de malta, Absú bebe ron y yo vino tinto. El mismo Cabernet Sauvignon de ayer.

Al llegar la hora de la cena, hemos pedido que nos la sirvieran allí mismo, alrededor de la hoguera. En parte porque lo estábamos pasando muy bien –el alcohol ya empezaba a causar sus efectos y la risa tonta era la protagonista principal de las conversaciones- y en parte porque dentro de la casa hace mucho frío y se está mejor frente al fuego. Tras la cena… ¡hasta hemos bailado alrededor de la hoguera! Sonaba por entonces “Let’s twist again”… Ha sido un día memorable y una excelente despedida de Mahalabeshwar. Mañana, nos volvemos a Bombay. Casi me da pena.

De regreso a Bombay vía Puna

Martes, 26 de enero – Cumple de mi ex

Hoy nos hemos levantado pronto: nos espera un viaje de cinco horas en coche hasta Bombay. Pero antes, nos Ashita y yo hemos ido al mercadillo que se organiza todos los martes en Mahabaleshwar.

Es un mercado callejero de frutas y verduras, en el que los propios agricultores ponen a la venta el fruto de sus cosechas. Ashita ha comprado muchos vegetales que nos llevamos a Bombay. Para que el viaje no se haga tan pesado, pararemos a comer en Puna, donde nos encontraremos con una sobrina de los Thakur y un amigo mío que está pasando una temporada en el centro de meditación de Osho.

Hoy 26 de enero es una fiesta nacional en la India. Es el día de la República. Justamente este se cumplen 60 años desde que la India es una República. Sin embargo, no es la fiesta más importante del país, porque el día más importante para los indios, es el día de la Independencia, que se celebra el 15 de agosto. De todas formas, desde por la mañana hemos estado escuchando música y redoblar de tambores, supongo que debe haber desfiles o cosas así con motivo del día de la República.

A eso de las diez de la mañana, hemos salido rumbo a Puna. Nos esperaban dos horas de carreteras indias y tráfico loco, pero esta vez, con el agravante de los embotellamientos que se han producido en algunos pueblos que hemos atravesado debido a los desfiles escolares y folklóricos por el día que hoy se conmemora. Balaraj estaba enfadadísimo, a mí, casi me hacía gracia.

Unos 20 ó 30 km antes de llegar a Puna, la carretera por la que circulábamos, se ha convertido en autopista. ¡Qué maravilla!

Aunque los indios tampoco son muy cívicos conduciendo y no se mantienen en el carril de la izquierda para que los que van más rápido puedan adelantarles cómodamente, por lo menos, no hay tráfico que circula en sentido contrario, con lo que el zigzag para realizar los adelantamientos, reduce considerablemente su peligrosidad.

Puna es una ciudad enorme. He leído en mi guía que tiene unos 3,8 millones de habitantes. ¡Más que Barcelona! Esta ciudad es especialmente conocida por su centro de meditación y por las distintas escuelas de negocios que ofrecen todo tipo de cursos y seminarios para ejecutivos. Por eso, yo creo que es el lugar de la India donde he visto más extranjeros. Los que están en el centro de meditación de Osho son especialmente fáciles de reconocer porque llevan una especie de túnica granate. Es obligatorio vestir esa especie de hábito en el resort de Osho, granate durante el día y blanca para las sesiones de meditación y otras celebraciones nocturnas. Osho tiene mala prensa en la India, y la verdad es que es un personaje bastante controvertido (fue deportado de Estados Unidos y multado con 400.000 dólares por fraude).

Así es como van vestidos los habitantes del centro de meditación, que en su mayoría son occidentales.

Sin embargo, no se puede negar que gracias a su centro de meditación, Puna se está beneficiando mucho a nivel económico y cultural.

Hemos comido en un hotel –no exclusivamente vegetariano- y ¡¡esta vez si!!! Me he zampado una hamburguesa, con bacon, huevo y de todo. Antes, como entrante, más carne: unos montaditos de kebab de cordero. Después de tantos días comiendo vegetariano, me ha sabido a gloria. La comida vegetariana me gusta mucho, es verdad, y aquí en la India, resulta increíble la variedad de vegetales que existen y las muchísimas formas en que se preparan y se comen, pero ya echaba de menos un poco de carne…

Hemos dejado Puna rápidamente, porque nos esperan otras tres horas hasta Bombay. Todo el rato en autopista. ¡Qué lujo! Al final han sido cuatro horas, porque debido al largo puente de este fin de semana, la entrada a la ciudad estaba mucho más concurrida de lo normal, y el atasco habitual, era mucho más intenso. También por una procesión religiosa que nos hemos encontrado en una de las principales calles de la ciudad.

Entrando en Bombay, he tenido la oportunidad de ver uno de los barrios más deprimidos: Dharavi. Se trata del “slum” más grande, no solo de Bombay sino de toda Asia, donde se calcula viven hacinadas más de un millón de personas. “Slum” (de donde viene el título de la película “Slumdog millionaire”) se utiliza para designar unos barrios especialmente deprimidos que por lo general se encuentran en los suburbios de las grandes ciudades y cerca de las vías del tren, y donde habitan grupos marginales en muy malas condiciones: pobreza, falta de higiene y de servicios, delincuencia,… Como las “fabelas” en Brasil.

Y finalmente, hemos llegado. ¡Hogar dulce hogar! Esta noche cenamos en casa y vemos una peli: “El secreto de Santa Victoria”. Es el filme favorito de Balaraj. Me apuesto 1000 rupias a que ninguno de los lectores de este blog ha oído hablar de ella.

¡Qué bien sienta un poco de descanso después de tanto ajetreo!

Elephanta y otros animales…

Miércoles, 27 de enero – Mi sobrinito Charly (y ahijado) cumple 10 años

Hoy es miércoles y Ashita tiene su clase de pintura. Balaraj estará ocupado todo el día, así que yo he decidido que hoy es el día para mi excursión a la isla de Elephanta. Hace tiempo que tenía ganas de visitar este lugar, pero como necesitaba –por lo menos- cuatro horas, no había encontrado hasta hoy el momento adecuado para ello.

Bien.

Los barcos a isla Elephanta salen del muelle que se encuentra justo bajo “La puerta de la India”. Allí es donde me ha dejado Abdul tras unos 45 minutos de atasco bombayino y tras dejar a Balaraj en su oficina. Ya estoy tan acostumbrada al tráfico de Bombay, que casi no oigo los pitidos de los coches y se me pasa el tiempo volando en los embotellamientos.

Una vez me he bajado del coche, todo ha ido rapidísimo: al acercarme a la taquilla en donde se compran los tickets para el barco a Isla Elephanta, un hombre me ha ofrecido el boleto.

En el interior de la taquilla, la persona que allí trabaja, en lugar de estar sentada frente a la ventanilla que conecta con el público, estaba sentada al fondo de la taquilla, leyendo un periódico. Así que, le he comprado el ticket al hombre que estaba de pié fuera de la taquilla, porque me ha parecido que el ticket que me ofrecía era “oficial”. Además era la versión “deluxe” que yo quería: por veinte rupias más incluye un tour guiado en inglés. Para mí este punto es importante y el precio es ridículo.

Ese hombre, que a todas luces no trabajaba para la compañía de los barcos, tenía todo un talonario de tickets en la mano. ¿Cómo será el asunto? ¿Será que compra varios tickets al taquillero a precio de grupo y luego los re-vende unitariamente a precio normal y se queda la diferencia? No sé, pero yo no he tenido ningún problema con mi ticket. Y desde la taquilla, hasta el barco, he encontrado a varios de estos “voluntarios” -que sin uniforme ni nada-, me iban indicando (al fijarse en el ticket que yo llevaba en la mano) por donde tenía que ir, y me informaban que el barco de las once estaba a punto de salir. En efecto. He subido y el barco ha zarpado.

Los barcos son una especie de “vaporeaos” de dos pisos. El de arriba es como una terraza. Al intentar subir, me ha dicho otro “voluntario” que estaba apostado en las escaleras, que tenía que pagarle 10 rupias, si quería ir arriba. No problem, he pagado. Diez rupias son algo menos de unos 20 céntimos de euro… y vale la pena por disfrutar de mejores vistas y aire puro… aunque se lo invente el tipo de las escaleras… El viaje ha durado hora y media. Me ha sorprendido que, en todo el barco, sólo éramos dos personas NO indias. Una chica inglesa y yo. El resto de pasajeros-turistas eran indios. Había muchas parejas jóvenes (de entre 25 y 35 años), familias y grupos de amigos (en este caso, sólo chicos y muy jóvenes, de menos de 25 años). O sea, que se sigue confirmando el hecho de que hay una clase media emergente en India, que dispone de dinero y que lo quiere dedicar al ocio turístico. La visita a Elephanta, es -además de una excursión muy agradable- una actividad cultural, porque lo que hay en esta isla, son unos templos del siglo segundo antes de Cristo excavado en roca volcánica.

Al desembarcar, me ha abordado un hombre, diciéndome que era un guía local y que me podía enseñar la isla. No me ha dejado tranquila en todo el camino por el muelle hasta la zona comercial de Elephanta. Sólo se ha despegado de mí cuando le he confirmado que NO iba a pagarle nada extra (quería 250 rupias) porque ya tenía contratado el tour guiado en inglés. Era MUY pesado. Y no me ha dejado ni coger el trenecito que hay hasta la isla ni parar en ninguno de los puestos turísticos donde vendían dulces, fruta y souvenirs. ¡Qué plasta!

En cuanto me ha dejado en paz, he disfrutado muchísimo de la isla. Para llegar a la zona donde están las ruinas de lo que debió ser un impresionante templo hindú, se atraviesa una especie de túnel de chiringuitos turísticos. La luz en este túnel es azulada, debido a que las lonas que lo cubren, tienen este color.

Resulta muy divertido y hay muchas cosas, sobre todo, collares, pulseras y pendientes hechos con piedras semipreciosas: turquesas, lapislázuli, coral… Son baratísimos y para que el turista pueda comprobar que las piedras son auténticas (y no de plástico) las queman con un mechero. Lo mismo hacen con la perlas. He comprado alguna que otra cosa que me ha gustado. También he comprado una botella de Pepsi india, que tiene un sabor muy raro… aunque me gusta. Aquí hay más Pepsi que CocaCola.

Una vez arriba, hay que comprar la entrada para acceder a los templos. Aquí otra curiosidad de la India. Los precios de las actividades turísticas “oficiales” siempre resultan más económicos para los indios que para los extranjeros. Y hay una gran diferencia. Por ejemplo, el acceso a Elephanta cuesta 250 rupias para mí, pero sólo 10 rupias para un nativo. Es decir, ¡25 a 1! Para un europeo, 250 rupias no es demasiado dinero: vienen a ser unos 3 euros. Pero llama la atención esta diferencia. A mí, no me parece mal que se beneficie a los indios, sobre todo si tenemos en cuenta que durante la época colonial inglesa, se les discriminaba escandalosamente. Por ejemplo, no dejándoles acceder a determinados lugares que estaban reservados –únicamente- a los ingleses y occidentales en general. No importaba la clase social de los indios, no podían entrar. Tal era el caso, por ejemplo, del maravilloso hotel Taj Majal de Bombay. Así que, considero una especie de justicia social que los indios tengan estos privilegios ahora en su propio país. Eso, y que para ellos 250 rupias supone mucho más esfuerzo económico que para nosotros…

Al acceder al recinto cerrado en el que se encuentran los templos de Elephanta, lo primero que uno se encuentra es un enorme cartel donde advierte de la existencia de monos y de su peligrosidad. Decía el cartel, que los monos demostraban un comportamiento agresivo, pudiendo atacar a las personas, sobre todo para robarles cualquier alimento que éstas portaran. Me pareció un aviso un poco exagerado, la verdad.

Pues me he dirigido hacia el primer templo. Y de pronto, un mono ha empezado a correr hacia mí, emitiendo unos gruñidos muy amenazadores. ¡Quería quitarme la botella de Pepsi! Uno de los guías lo ha espantado a gritos. Yo me defendía levantando la botella y amenazándole con darle una patada, por lo que el mono no ha llegado a tocarme. Pues parece que el cartel ¡no exageraba nada de nada! El guía me ha recomendado que guardara la botella en el bolso y lo he hecho.

Lo que hay en isla Elephanta impresiona. Se trata de un laberinto de templos y tallas excavados en roca y dedicados al dios Shiva. El trabajo de las tallas del interior es considerado como uno de los más espectaculares de la India. El guía nos ha explicado las leyendas y las historias de los dioses y diosas allí representados. Resulta especialmente impresionante la altura de los techos y el tamaño de las figuras (algunas de hasta seis metros), si uno tiene en cuenta que todo eso no ha sido construido, sino excavado en la roca de basalto que forma la isla.

El guía nos ha explicado, que mientras en una construcción normal se trabaja de abajo arriba, cuando se trata de excavaciones en roca, el proceso es justamente el inverso, y se va tallando la piedra de arriba hacia abajo. El diseño arquitectónico de los templos es realmente impresionante, lo mismo que la perfección con la que está realizada. Todos los templos hindús están orientados al este, para que al amanecer, los altares reciban la luz del sol directamente. Sigo pensando que los indios son personas muy amables y comunicativas. El guía oficial, no quería aceptar mi propina de 100 rupias, pero le he obligado. Me ha parecido fantástico el trato que nos ha dado: sólo estábamos dos personas, un chico suizo –un tanto arrogante que decía no entender al guía porque su acento inglés era muy malo y me ha caído fatal por eso- y yo.

Cuando he recorrido a solas las pequeñas excavaciones laterales que no estaban incluidas en el tour, el hombre de una pareja que estaba haciéndose fotos en uno de los templos, me ha preguntado si quería que me hiciera una foto a mí dentro del templo, con mi cámara. ¡Ni lo había pensado, pero si! ¡Gracias!

Esta amabilidad tan desinteresada y este interés en hacer felices a los demás, me llama mucho la atención en la India. He pasado más de una hora de lo previsto paseando por Elephanta, pero es que realmente, me ha gustado mucho esta visita. Antes de irme, le he dado lo que me quedaba en la botella de Pepsi a un mono, para ver si sabía abrirla y beberla. ¡Por supuesto! En cuanto me ha visto enseñarle la botella, ha venido hacia mí como una exhalación, la ha cogido, se ha sentado a medio metro de mí, ha desenroscado el tapón perfectamente, y se ha puesto a disfrutar de la bebida. Cuando ha terminado, ha dejado la botella por ahí tirada. ¡Vaya con el mono!

El barco de vuelta era más rápido que el de ida, y sólo ha tardado 45 minutos. Hemos desembarcado igualmente en la “Gateway of India” y he aprovechado para entrar en el hotel Taj Majal, poner el sello y enviar unas postales y refrescarme en los lujosos lavabos del lobby. De nuevo, el personal del hotel ha sido extra-amable, y el recepcionista que me ha franqueado las postales hasta se ha interesado por mi estancia en Bombay de forma muy respetuosa y agradable.

Luego he seguido por la calle más comercial de Bombay, que se llama Mahatma Gandhi, y he visto muchos de los principales monumentos de la ciudad: la Universidad, la Biblioteca, el Museo Príncipe de Gales… En esta calle, caminando a mi lado, un chico de unos treinta y tantos, también me ha preguntado que qué tal lo estaba pasando en la ciudad, para luego contarme que él era estudiante de la universidad, que estudiaba historia antigua de la India y que por eso hoy había ido a Elephanta. Supongo que debe haberme visto en la isla o en el barco, pero yo en él no me había fijado. Así que me ha sorprendido que los dos hubiéramos estado en el mismo sitio hoy. Hemos seguido caminando y charlando hasta que hemos llegado a Fabindia.

He parado a tomar un tentempié en mi coffe shop favorito, que está en el primer piso de esta tienda de productos textiles de la India. Yo quería comerme una samosa, que es una especie de empanadilla que hacen aquí con distintos rellenos, y puede ser frita o al horno. Pero no tenían. Así que me he conformado con un bagel de queso fresco y tapenade, un brownie y un café con leche. ¡Mmmmm! ¡Qué bueno estaba todo! Especialmente el café, bebida que echo mucho de menos, ya que en casa de los Thakur, siempre se toma té. Al acabar mi piscolabis, he comprado algunas bagatelas para llevar de regalo a España y he continuado hasta la oficina de Balaraj, donde éste me esperaba para ir a casa.

Hoy tenemos cena fuera. Así que nos hemos arreglado y hemos cogido el ascensor. La casa donde vamos a cenar, está en el piso quince de este mismo edificio. Para beber, me han dado vino blanco. Estaba buenísimo y como hoy he pasado mucho calor y he andado mucho, pues he bebido unas cuantas copas. Me han sentado fenomenal y hemos pasado una velada súper agradable. En la casa había un perro muy divertido, que se llama Tess, y que todo el rato se sentaba a mi lado. ¡Qué gracia!

Lo he pasado pero que muy bien. Toda la gente allí era muy interesante y educada, a la mayoría los conocí en Barcelona (en la inauguración de la exposición fotográfica de Balaraj) o en la fiesta de compromiso de hace dos sábados, con lo que me sentía muy cómoda. Además, la conversación fue muy agradable y la comida buenísima. Hemos comido en unos platos de plata labrada, supongo que antiguos, que son una verdadera preciosidad. Y eso ha sido un placer más que añadir a la velada. Ya me estoy acostumbrando también al picante, y resisto muy bien los platos súper especiados de la India. Creo que de vuelta a España, incluso los echaré de menos. Y ya falta poco para ese día…

AVISO PARA NAVEGANTES: Sigo sin tener buena conexión a Internet, así que, lo que hago es cargar lo que antes he escrito en Word en el blog, programando su publicación cada 24 horas más o menos. ¡Por eso puede ser que tarde algún día en aprobar un comentario! ¡Que nadie se extrañe! Si no lo hago antes, es porque no he podido conectarme…

Tic tac, tic tac, tic tac…

Jueves, 28 de enero

Sólo me quedan tres días en Bombay, así que he hecho una lista con las cosas que me gustaría ver antes de marcharme. En realidad, para organizarme por mi cuenta, sólo tengo dos días (jueves y viernes), ya que el plan del sábado lo ha decidido Balaraj. Lo primero de mi lista ya lo hice ayer: visitar la isla Elephanta. Me quedan como pendientes más importantes el templo de Mumba Devi (la diosa hindú patrona de Bombay y a quien la ciudad debe su nuevo nombre Mumbai) y el museo de Mahatma Gandhi. Ashita quiere acompañarme a ambos lugares: al templo porque es muy devota y porque Mumba Devi está en un barrio muy concurrido que le parece peligroso para mí; y al museo porque no lo conoce.  Ashita está ocupada por la mañana, así que, aprovecharé para terminar mis compras antes de la comida.

Bombay me ha regalado hoy un día especialmente soleado y luminoso. He admirado el panorama desde mi ventana una vez más.

Hoy toca yoga, el profesor ha llegado con un poco de retraso, pero no nos importa. La clase de hoy ha sido más gratificante para mí, y he conseguido relajarme mejor que la semana pasada y disfrutar de gran serenidad interior. ¡Qué alegría! Lástima que la de hoy, será mi última clase de yoga en Bombay.

He salido con Balaraj hacia su oficina, ya que las dos tiendas que más me gustan están en ese mismo barrio: Fabindia (donde además está mi querido coffeshop) y Bombay Store.

He llegado a Fabindia cuando abrían y he coincidido en la puerta con el camarero que me atendió ayer. Un chico muy atento y que parecía muy tímido. ¡Pues no! Me ha reconocido enseguida (a pesar que voy vestida y peinada muy distinta) y me ha preguntado si tuve suerte. ¿Suerte? No entendía esa pregunta… Entonces el camarero me ha aclarado, que se refería a si había encontrado la samosa que me apetecía. ¡Vaya! ¡No sólo se acordaba de mí, sino que también que tengo capricho de una samosa! Pero en realidad, lo que quería yo hoy era un buen café con leche. Además me he tomado un zumo tropical con yogurt. ¡Ay! ¡Qué requetebuenísimo estaba todo!

Cuando he salido, el camarero va y me dice, que a ver si nos veíamos mañana. ¡Pero por la noche! He sonreído y me he marchado sin contestar.

Para volver a casa y encontrarme con Ashita… ¡he cogido un taxi! (tal y como me decía que debía hacer el agente 007…! Pues el taxista ha sido el menos amable de todas las personas con las que me he encontrado en Bombay. Y eso que me tenía que llevar a la otra punta de la ciudad: una buena carrera.

Por la tarde, hemos salido hacia el templo de Mumba Devi, pero antes, Ashita y yo hemos recogido a Asha (la escritora de libros de cocina vegetariana), porque ella también es muy devota y además, conoce la zona. Creo que no había mencionado antes que Asha y Ashita, además de buenas amigas, son cuñadas, por eso la vemos tanto.

Ashita tenía razón, el barrio en el que está el templo de Mumba Devi es HORRIBLE. Es el otro Bombay que yo todavía no había visto: cochambroso, lleno de gente por todas partes, destartalado, agobiante… y no sé cuántas palabras más podría utilizar.

El templo, igual. Lleno de gente horrible y sucia (pero muy devota supongo), y encima… ¡nos hemos tenido que quitar los zapatos! Me ha dado mucho asco andar por ese suelo… Y encima no había donde lavarse después.

El templo de Mumba Devi, sólo se detecta desde lejos, cuando por encima de los cochambrosos tejados de alrededor, se vislumbra su torre principal, a través de los cables que cuelgan en este barrio por todas partes.

Resulta que una vez dentro del templo, lo primero que hay son una docena de tiendas en las que los devotos pueden comprar sus ofrendas: flores frescas, fruta fresca, frutos secos, pequeños pañuelos y una especie de caramelitos de anís. Aquí huele fatal. Es un olor como de comida en mal estado. Asha y Ashita han comprado sus ofrendas y hemos ido a entregarlas a Mumba Devi. Ha sido cuestión de unos segundos, lo que ha tardado un monje barbudo que allí estaba en coger lo que ellas le entregaban y dejarlo a los pies de la diosa. Luego, ellas se han inclinado y han estado unos pocos segundos como rezando. Pero de pié. Allí no hay un espacio para sentarse o para arrodillarse. Además, el ambiente –tan concurrido y ruidoso- no invita al recogimiento. Finalmente, hemos dado una vuelta (por detrás) a la especie de habitación en la que está Mumba Devi, que supongo es parte del rito.

Nos hemos puesto las sandalias de nuevo, y hemos salido del templo.

En este barrio, entre otras peculiaridades, en lugar de tiendas normales en las calles, como son tan estrechas, pues los comerciantes ocupan los capós de los coches aparcados para montar sus escaparates. Asha y Ashita han aprovechado la ocasión para comprar unas verduras y yo, he adquirido unos sobres muy bonitos y unos pendientes que me había encargado mi madre.

También la fragancia que quería Francisco Goya. Si, si, te la doy en cuanto llegue. Je, je.

He visto unos vendedores de comida callejeros, y le he preguntado a Asha, que todo lo sabe, si por ahí había algún sitio donde comer una samosa. No sólo era por capricho, es que no había comido y tenía hambre. Pues samosa, por más que hemos buscado, no. Sin embargo, Asha me ha comprado unas bolitas de patata con un relleno SUPER PICANTE y luego, una especie de bocadillo, más picante todavía. El que se ve en la foto.

Yo no quería comérmelo, pero me parecía feo tirarlo sin probarlo. Me ha sentado fatal, picaba un montón, y además, por ahí no había donde comprar agua. Espero que no me cause ningún problema intestinal, porque hasta ahora, no he tenido ninguno.

Finalmente, ha llegado el coche y hemos vuelto a casa. Gracias a Dios que Ashita siempre tiene en el coche una botella de agua, porque he podido quitarme un poco el quemazón del picante… ¡Uf!

Por la noche, hemos tenido invitados. Es un compañero de colegio de Balaraj, del que hace muchísimos años no se sabía nada, pero que está pasando unos días en Bombay con su mujer y ha aparecido de nuevo. Son de Katmandú. (Yo pensaba que ese país sólo existía en las películas… je, je). Ha sido una cena bastante pesada, porque el señor de Katmandú es de esos que acapara la conversación, y además, hace bromitas semi-pesadas y preguntas sin sentido de las que sólo él se ríe…

Sin embargo, su mujer, ha resultado algo más interesante. Es la presidenta de la asociación de mujeres emprendedoras de Nepal y tiene su propio negocio de papel. Nos ha contado que lo último en papeles es mezclarlo con distintas fibras textiles para hacer una especie de tejidos, que hasta se pueden lavar y todo. Su principal cliente europeo es Holanda.

Como yo me dormía por momentos y Ashita se ha dado cuenta, me ha disculpado y me ha dicho que si estaba cansada, que me podía ir a la cama. ¡Menos mal! No lo he dudado ni medio segundo, he dado las buenas noches a todos y me he desaparecido por el foro.

Luna llena sobre Bombay

Viernes, 29 de enero

Esta mañana hemos quedado con Pinky, la nuera de los Thakur. Nos vamos a ver un centro comercial en el que Ashita y ella acostumbran a hacer sus compras. Básicamente en este shopping había tiendas de ropa, zapaterías, tiendas de alfombras y joyerías. Hemos estado curioseando y ellas han comprado cada una un kurta estampado. Ashita para ella y Pinky para su madre. Aunque las cosas que hay aquí no son feas y son de muy buena calidad, no me parece que puedan llevarse fácilmente en España. Las modas en la India y en Europa son muy diferentes. En las zapaterías por ejemplo, sólo había sandalias. Todas con llamativos empeines de pedrería y lentejuelas. Me gustan las cosas indias, pero no me veo vestida así en mi trabajo, por ejemplo. Por otra parte, los precios son prácticamente los mismos que en Europa, me parecen carísimos para el nivel de vida de la India.

En cuanto a las joyerías, es espectacular lo que tienen. En una hemos visto una vitrina llena de broches y me he acordado de mi tía Pier. Una vez me regaló uno muy bonito que no tiene nada que envidiar a los que allí había…

Cuando nos hemos cansado de ver tiendas, nos hemos sentado en la cafetería para tomar un café. He sido yo la que se ha acercado a la barra y… ¿qué había en una de las vitrinas? ¡Si!¡Unas apetitosas samosas! Me he comprado dos y me las llevo a casa para comer… ¡Por fin!

Como nos sobraba tiempo hasta la hora de la comida, Pinky ha sugerido que fuéramos a una tienda que le gusta mucho. Es de un diseñador de moda indio que se llama Tharun Tahiliani. ¡Madre mía! Esta tienda si que me ha gustado. ¡Qué saris, qué tops, qué chaquetas, qué vestidos, qué bolsos! ¡Precioso todo! Unas telas exquisitas y unos diseños maravillosos. Al estilo indio, si, pero muy que muy elegantes. Ahora bien, unos precios escandalosos. A diferencia de lo que pasa por lo general en las tiendas indias, donde los dependientes no te dejan en paz -tan amables y serviciales quieren ser, resultan molestos y agobiantes-, en esta boutique de súper lujo, hemos podido mirarlo todo, probarnos lo que nos apetecía sin que nadie nos hiciera ni caso. ¡Qué gusto! Para colmo, la tienda estaba en un palacete de época enfrente de la bahía de Bombay.

Por la tarde, Ashita y yo hemos ido a ver el museo de Gandhi. (Lo único que me quedaba por tachar de mi lista de pendientes). Está en la casa que Mahatma ocupaba cuando estaba de visita en Bombay desde 1917 hasta 1934. Es gratis (uno sólo tiene que dar una propina voluntaria a la salida) y está muy bien hecho.

Gandhi es, a mi entender, una de las principales figuras de la India moderna. Nació en octubre de 1869 en el estado de Gujarat, donde su padre era ministro. Estudió derecho en Londres y luego vivió unos años en Sudáfrica, donde se formaron sus ideas políticas de anti-discriminación y no violencia. Su nombre real era Mohandas Karamchand Gandhi, y el de Mahatma (que significa “alma grande”) le fue otorgado de forma espontánea por sus seguidores y admiradores en 1919, a su regreso a la India. Encarcelado en diversas ocasiones y por varios años, el 30 de enero de 1948 fue asesinado cuando se dirigía a una reunión en Delhi.

El museo me ha gustado muchísimo. La planta baja es como una biblioteca con documentación varia sobre la vida de Gandhi, no nos hemos entretenido demasiado. Las paredes de todo el museo (escaleras incluidas) están salpicadas con fotos o manuscritos originales de Gandhi. Todos enmarcados y con su correspondiente explicación para que el visitante pueda saber de qué se trata, valorar el contenido y conocer mejor la vida de Gandhi. Toda la información está en ingles y en hindi. Por ejemplo, hemos visto una carta enviada a Franklin D Roosevelt y otra a Adolf Hitler.

Manuscrito de Gandhi.

En el primer piso, además de más fotos, está la habitación en la que dormía Gandhi. Muy sencilla pero bonita y luminosa. Llena de unas ruecas donde el defensor de la no violencia se hacía su propio hilo de algodón con el que luego se tejía su ropa blanca característica: dos sencillos rectángulos de tela, con el que se cubría el cuerpo al estilo indio. En esta habitación, es donde Gandhi formuló su filosofía de verdad, no violencia y sacrificio personal y desde donde impulsó la campaña de desobediencia civil de 1932, que acabó con la ley británica.

A la derecha, el cuarto de Gandhi en Bombay.

Pero lo que más me ha gustado ha sido la segunda planta. En ella, hay unas vitrinas en las que se reproducen los más importantes y decisivos momentos de la vida de Gandhi a través de unos muñecos de unos 25 cm de altura, que representan a los personajes protagonistas de cada momento. Están representados en varias decenas de estas vitrinas, desde el incidente en Sudáfrica que le hizo reflexionar sobre el racismo y la marginación, hasta su asesinato y posterior cremación. Me ha parecido muy bonito y muy interesante.

Hoy es mi última noche en Bombay y justamente, los futuros consuegros de los Thakur, los padres de Mítica, nos han invitado a cenar y al cine. Yo me niego tajantemente a ir al cine, porque la película es en hindi. Han insistido tanto, que he ido a cenar, pero con el compromiso por su parte de que no me insistieran para quedarme a la película y me dejaran volver a casa. Además de que sería una situación muy ridícula estar en un cine –donde no se puede hacer nada más que mirar la pantalla- viendo una película de suspense e intriga en la que no entiendes nada (¡si por lo menos fuera un musical…!), es que tengo que hacer la maleta. Y después de la experiencia de hace dos semanas… prefiero hacerlo con tiempo. He comprado MUCHAS cosas.

Así que el chófer de Amita me ha traído a casa después de la cena. Es un hombre muy peculiar. Es muy bajito y en cuanto tiene diez minutos, se queda dormido. Dice Ashita que porque vive muy lejos y tiene que madrugar mucho para llegar al trabajo. Tiene la boca como un ratoncito, los dientes de arriba mucho más hacia fuera que los de abajo y pronuncia de una manera muy extraña. Por supuesto sólo habla hindi, de inglés, nada. Ashita dice que por teléfono, le cuesta mucho entenderle. Además, cuando le llamamos para que venga a buscarnos, su teléfono siempre esta fuera de cobertura y tenemos que esperarle bastante rato. De todas las personas con las que he ido en coche, es el que más toca la bocina. ¡Es un caso! Y Ashita, con lo exigente que es para otras cosas, a este hombre se lo tolera todo. Pero esto no es lo mejor. Lo más pintoresco es que es tan bajito, que la cabeza le queda a media altura entre el asiento y el reposacabezas, con lo cual, no se le ve. No se le ve ni cuando uno se sienta en la parte de atrás, ni cuando viene el coche de frente. Parece que sea el coche fantástico sin conductor a la vista. Y tampoco sé cómo debe ver él la carretera, porque sus ojos sólo quedan un poco por encima del volante. Pero lo ve todo: coches que hacen maniobras peligrosas, viandantes, autobuses que vienen a toda prisa… Y venga a tocar la bocina.

El universo me ha hecho un bonito regalo de despedida. Hoy luce una luna llena espléndida sobre Bombay. Según dice el periódico es la luna más grande (un 15% más) y más brillante (un 30% más) de 2010, si se la compara con el resto de lunas llenas que tendrá este año. Este fenómeno se explica por la órbita de la luna, que es elíptica y justamente ahora, nuestro satélite se encuentra en el punto más cercano a la Tierra. Pues qué suerte he tenido. Qué bonita última noche en la ciudad.

Adiós… Bombay…

Sábado, 30 de enero

Mi último día en la ciudad de Bombay. ¡Ay! ¡Qué pena me da! Estos quince días, se me han pasado volando, la verdad.

Una vez más, esta vez la última, he disfrutado del paisaje que se ve a través de mi ventana.

El plan para hoy es visitar una lavandería de más de 140 años. Se llama Mahalaxmi Dhobi Ghat. (Dhabi Ghat significa en hindi lavandería  Mahalaxmi es el nombre del barrio).

Se trata de la más antigua y más grande lavadora humana de Bombay. Diariamente, cientos de personas lavan varias toneladas de ropa en los 1026 lavaderos que hay al aire libre.

Hemos llegado un poco tarde, y quedaban pocas personas lavando; la ropa ya estaba secándose al sol. Igualmente, resulta sorprendente que sigan lavando a mano a nivel industrial, existiendo las lavadoras…

 

Y como despedida, hemos ido a comer al club de golf del que son socios los Thakur. Se llama Willington. Al más puro estilo inglés de principios de siglo, además de un campo de golf de 18 hoyos, tiene unos jardines preciosos, varios restaurantes, sala de cartas, de billar, biblioteca, pistas de tenis, de squash,… un nuevo lujo en pleno Bombay. Hemos comido en el restaurante de la primera planta, un lugar muy elegante y con un servicio exquisito. La comida, buenísima. Yo, me he comido un filete. Je, je.

Desde luego, este es el país de los contrastes. De eso no me cabe ninguna duda. Y el día de hoy, es un buen ejemplo de ello.

La tarde se presenta muy bien: iremos a dar un paseo en el flamante Bentley de Balaraj. Un coche que es como su niña bonita y que cuida como paño en oro. Es un clásico de 75 años de historia: precioso y en perfecto estado de conservación.

Era gracioso ver la cara de sorpresa que ponía todo el mundo al vernos pasar.

Nos hemos dado una larga vuelta por la ciudad, incluyendo la bahía. He disfrutado por última vez del skyline del paseo marítimo subiendo por la cuesta de Malabar Hills. ¡Adiós Bombay!

 

Tras el paseo, a casita, porque tengo que acabar de hacer las maletas y escribir este diario. Luego, cenar algo rápido y salir hacia el aeropuerto: me espera una larga noche de vuelta a España.

¡Ay! Adiós… Bombay…

Y colorín colorado… este viaje se ha acabado.

Sábado, 6 de febrero

Hace ya una semana que volví de Bombay.

El regreso fue como un rebobinado. Todo pasó a la inversa. Abdul me llevó al aeropuerto y no me pareció tan bonito. Es un verdadero caos acceder a la terminal de salidas internacionales, embotellamiento de vehículos para acceder a la zona y embotellamiento humano para acceder al edificio. Y yo, cargando con todo mi equipaje, ¡y sin carrito!

Esta vez, si me tocó pagar exceso de equipaje. El facturador era de lo más antipático. Total… ¡Sólo eran 6 kilos de más!

Enfin, le puso el adhesivo de HEAVY y mi maleta desapareció por la cinta transportadora.

Insistí mucho en tener pasillo esta vez. En los dos vuelos, y comprobé al recoger las tarjetas de embarque, que así era.

Había llegado con mucho tiempo al aeropuerto y me tocó esperar. El embarque, fue un verdadero caos. Por el altavoz, las personas que nos convocaban, se contradecían cada dos minutos. Todavía no sé cómo, pero a la hora prevista, el avión cerraba sus puertas. Eran las 2:45 de la mañana, estaba tan cansada, que me dormía por momentos. Nos sirvieron un resopón rápido y me quedé dormida.

Me desperté cuando faltaba tan sólo 1 hora y media para aterrizar en Londres. Lo hicimos con puntualidad británica. El regalo londinense fue un precioso amanecer, con el cielo rosado y bucólico…

Esta vez también tuve que cambiar de terminal, pero sin prisas. Atravesé la terminal 5 hasta la rotonda de los autobuses, y luego cogí el autobús hasta la Terminal 3. ¡Qué gusto no tener que hacerlo corriendo! Y menos mal que tenía dos horas y media para el cambio, porque en el control de seguridad se habían puesto especialmente puntillosos y tardamos casi 40 minutos en atravesarlo. La cola era tremenda.

Una vez en la Terminal 3, aún me sobraba un ratito para el embarque de mi vuelo. Así que elegí una cafetería super acogedora, me compré un café enorme y me puse a escribir una carta a una amiga a la que aprecio mucho y con la que tengo un e-mail pendiente que no pude escribir durante el viaje debido a los problemas de conexión. ¡Qué placer!

El vuelo a Barcelona salió puntual, y también iba bastante vacío (como el que me tocó a la ida). Así que, aunque tenía pasillo, antes de despegar, me cambié a una ventanilla para admirar el paisaje. Ya se había hecho completamente de día.

Llegamos a Barcelona 2 minutos antes del horario previsto. Aún en el avión, llamé a mi madre. ¡Ya me estaba esperando en el aeropuerto! Hacía una hora que estaba allí, pues se había confundido con mi horario. Sentí una alegría MUY GRANDE al comprobar lo contenta que estaba de verme de nuevo. Aunque lo había pasado muy bien en la India, yo también estaba feliz de verla. Una madre, es una madre, y la mía,… es una maravilla.

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